En una pension alemana
En una pension alemana Lo que has estado haciendo desde que nos casamos es querer dominarme de tal modo que me convirtiese en tu sombra, para confiar en mà tan totalmente, que con mirarme a la cara pudieras leer la hora como en un reloj. Nunca sentiste interés por mÃ, nunca quisiste adentrarte en mi alma. No, lo que quieres es que me acomode a tu pacÃfica existencia. ¡Ay, cuánto me ha ofendido tu ceguera! ¡Cuánto te odio a causa de ello! ¡Qué contenta estoy —satisfecha, sÃ, satisfecha— de haberte dejado! No soy ninguna chiquilla inexperta ni tampoco una vanidosa, pero sé lo que valgo. Por algo he sentido siempre ese anhelo de riquezas, de amor, de libertad, comprendiendo que me pertenecen por derecho. (Se reclina contra el acolchado respaldo del coche y murmura): «Eres una reina. Déjame que tenga la dicha de entregarte tu reino.» (SonrÃe mirándose las regias manos.) Quisiera que mi corazón no latiera con tanta fuerza. Me hace daño, de veras. Me fatiga y me pone nerviosa. Es como si alguien llamara a una puerta con prisa espantosa... Este coche más que andar parece arrastrarse; a este paso no llegaremos nunca a la estación. ¡Aprisa! ¡Aprisa! Amor mÃo, voy hacia ti lo más velozmente que puedo. SÃ, sufro tanto como tú. Es horrible, es insoportable esta última media hora que nos separa... ¡Dios mÃo! Y el caballo va otra vez al paso. ¿Por qué no le da de latigazos a ese animalote...? ¡Qué vida más maravillosa la nuestra! Viajando juntos por todo el mundo. Y todo el mundo será nuestro a causa de nuestro amor. Ah, no te impacientes. Voy lo más velozmente que puedo... Vaya, ahora es cuesta abajo; ahora iremos más de prisa. (Un anciano intenta cruzar la carretera.) ¡Apártate de mi camino, viejo insensato! MerecÃa que lo hubieras atropellado. ¡Amor mÃo! ¡Amor mÃo! Estoy casi llegando. Sólo un poco de paciencia.