En una pension alemana
En una pension alemana Él: ¿No crees que serÃa más discreto para no suscitar sospechas?
Ella: Necesito tener mi propia habitación. (Para sÃ.) Ya puedes colgar tu gorra tras la puerta de tu cuarto. (Se pone a reÃr nerviosamente.)
Él: ¡Alabado sea Dios! Mi reina se siente otra vez dichosa.
(En el hotel)
El gerente: SÃ, señor, lo comprendo perfectamente. Creo que tengo precisamente lo que usted desea. Tengan la bondad de pasar por aquÃ. (Los lleva a una salita con alcoba contigua.) Esto estará muy bien para ustedes, ¿no les parece? y, si el señor lo desea, podemos hacerle la cama en el diván.
Él: ¡MagnÃfico! ¡MagnÃfico!
(El gerente sale)
Ella (furiosa): Pero yo te dije que querÃa una habitación para mÃ. Vaya una jugada que me has hecho. Te advertà que no querÃa compartir mi habitación con nadie. ¿Cómo te atreves a tratarme asÃ? (Remedando la voz de él.) «¡MagnÃfico! ¡MagnÃfico!» No te lo perdonaré jamás.
Él (anonadado): ¡Dios mÃo!, pero ¿qué ha ocurrido? No lo comprendo. Estoy enteramente a obscuras. ¿Por qué has dejado de amarme, asà de repente, y precisamente hoy? ¿Qué he hecho yo? DÃmelo.