En una pension alemana
En una pension alemana Ella (mientras él busca un coche): Tengo que sobreponerme. Es una obsesión. Parece increíble que cualquier cosa pueda cambiar tanto a un hombre. Tengo que decírselo. Tiene que ser muy sencillo decir: «¿No crees que ahora que estamos en la ciudad sería mejor que te compraras un sombrero?» Pero eso le haría comprender lo espantoso que estaba con eso. Y lo extraordinario del caso es que no lo comprende. Quiero decir que ni aun mirándose al espejo, ve lo ridícula que es la gorra. Qué diferentes deben de ser nuestros modos de pensar. ¡Completamente opuestos! Como que de haberlo visto en la calle, hubiera podido asegurar que me sería imposible amar a un hombre que llevase una gorra así. Ni siquiera hubiera tenido interés en conocerlo. No es mi tipo. (Mirando en torno.) Todo el mundo se ríe de la gorra. Y no me extraña. Con ella parece que las orejas le sobresalen y que tiene aplastada la cabeza por detrás.
Él: Aquí está el coche, querida. (Suben a él.) (Intentando cogerle una mano.) ¿No te parece increíble que estemos los dos solos en el coche? ¿Así, tan sencillamente?
(Ella se arregla el velo)
Él (intentando de nuevo asirle una mano. Apasionado): Tomaremos una sola habitación, amor mío.
Ella: De ningún modo. Tienen que ser dos. Claro que sí.