En una pension alemana
En una pension alemana Pero, ¡ay! El pequeño B. no era de ningún modo ese niño que todos los padres tienen perfecto derecho a esperar. No era una criatura rolliza, ni un rollo de manteca, ni nada que estuviera diciendo comedme. Poco crecido para su edad, tenÃa las piernas como fideos, las manos menuditas, las uñas finuchas, el pelo tan suave al tacto como el de un ratón y los ojos muy grandes y muy abiertos. Por una causa ignorada, todo en la vida sentaba mal al pequeño B., resultándole demasiado grande y demasiado cruel. Todo le dejaba sin alientos. Y en cuanto el viento no soplaba de popa, su endeble velamen quedaba lacio y él boquiabierto y asustado. El señor y la señora B. eran impotentes para evitarlo. Sólo podÃan recogerlo después que el percance se habÃa producido e intentar ponerlo en marcha de nuevo. La señora B. lo querÃa como se quiere sólo a los niños enfermizos, y cuando el señor B. se acordaba de aquel chicuelo tan estupendo que él fue, cuando se acordaba de aquel diablillo revoltoso que él fue... ¡Contra!, pues...
—¿Por qué no hay huevos de dos clases? —preguntaba el pequeño B—. ¿Huevos pequeñitos para los niños, y huevos grandotes como éste para las personas mayores?
—Liebres escocesas —leyó el señor B.—. MagnÃficas liebres escocesas a cinco chelines y tres peniques cada una. ¿Qué tal, chica, si compráramos una?