En una pension alemana

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—Sería una variación muy agradable, ¿verdad? —opinó la señora B.—. Estofado de liebre.

Y se miraron el uno al otro a través de la mesa como si flotara entre ellos la liebre escocesa en su sabrosa salsa, con albóndigas rellenas y un blanco tarro de mermelada de pasas de Corinto para hacerle compañía.

—Podíamos encargarla para el fin de semana —opinó la señora B.—, pero el carnicero me ha prometido un solomillo tan rico, que sería una pena... sí, lo sería, y sin embargo... Ay, querido, resulta muy difícil escoger. La liebre podría resultar una novedad tan..., por otra parte, ¿no te tentaría un solomillo bueno de verdad?

—Y sopa de liebre, además —arguyó el señor B., tamborileando con los dedos en la mesa—. La mejor sopa del mundo.

—¡Oooh! —gritó el pequeño B. tan de improviso que les hizo estremecerse—. ¡Mirad cuántos, cuántos gorriones se han posado en nuestro jardín! —y agitando la cuchara, gritó de nuevo—. ¡Mirad, miradlos!

Mientras lo decía, aunque las ventanas estaban cerradas, oyeron un estruendoso y penetrante pío, pío que venía de fuera.

—Sigue almorzando como lo debe hacer un buen chico —dijo la madre.

Y el padre añadió:


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