En una pension alemana

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—Ocúpate de tu huevo, chiquitín, y no lo pierdas de vista.

—Pero, ¡miradlos, miradlos cómo saltan! —gritaba—. No se están quietos ni un momento. ¿Será que tienen hambre, papá?

Chik—a—chip—chip—chik, chillaban los gorriones.

—Será mejor dejarlo para la semana próxima —dijo el señor B.—. Confiaremos en tener la suerte de encontrarla todavía.

—Sí, quizá sea lo más sensato —corroboró la señora B.

Él encontró aún otra ganga en el periódico.

—¿No has comprado todavía dátiles de esos de racionamiento?

—Sí, ayer pude conseguir dos libras —dijo la señora B.

—Eso es, un budín de dátiles es cosa buena.

Y se miraron el uno al otro a través de la mesa, como si entre ambos flotara el budín obscuro y redondo, cubierto de salsa cremosa.

—Sería una variación muy agradable, ¿verdad? —exclamó la señora B.


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