En una pension alemana

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—Tráeme los zapatos, muchacho —ordenó el señor B.

Chik—a—chip—chip—chik, chillaban los gorriones.

—¿Dónde se ha metido ese niño? Ven a terminar tu rica taza de cacao, cariño —decía la señora B.

—Anda, sal, perrito bonito —dijo el señor B. alzando el pesado tapete.

Pero allí no había ningún perrito.

—Está detrás de la cortina —dijo ella.

—No suele salir nunca de la habitación —añadió él.

La señora B. se dirigió a la ventana, seguida del señor B., y ambos miraron hacia fuera. Ante ellos, sobre la hierba grisácea y helada, minúsculos chicuelos de rostros pálidos, muy pálidos, agitaban sus brazos como alas y el más pequeño de todos, el más flaquito, era el pequeño B. Sus padres podían oír su voz por encima de las voces de todos los otros.

—¡Danos algo que comer! ¡Danos algo que comer! Sin saber cómo, abrieron la ventana.

—¡Venid a comer! ¡Todos! ¡En seguida! ¡Y tú, nuestro chiquitín! ¡Tú, nuestro hombrecito!

Pero era demasiado tarde. Los niños se habían transmutado en gorriones nuevamente y no podían oírles ya. Habían salido volando hasta perderse de vista.


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