En una pension alemana
En una pension alemana En aquellos dÃas tan calurosos, Eve —la singular Eve— llevaba siempre una flor. La olfateaba y olfateaba, la hacÃa girar entre los dedos, se la llevaba a la mejilla, la sostenÃa entre los labios, cosquilleaba con ella a Katie en el cuello, y terminaba haciéndola pedazos y comiéndola pétalo a pétalo.
—Las rosas son deliciosas, querida Katie —solÃa decir, de pie en el lóbrego guardarropa, extrañamente decorado con los floridos sombreros que pendÃan de las perchas a su espalda—, pero los claveles son sencillamente divinos. Saben como, como a... bueno.
Y echaba a volar su risita delgada que se iba revoloteando entre aquellas gigantescas y extrañas corolas de la pared de detrás. (Pero qué cruel aquella risita tan fina; Katie se la imaginaba con pico largo y afilado, garras y ojos como cuentas.)
Hoy era un clavel. HabÃa llevado un clavel a la clase de francés. Un clavel de un rojo tan obscuro, que parecÃa haber sido inmerso en vino y puesto luego a secar en la obscuridad. Lo sostenÃa ante ella en su pupitre con los ojos entornados y sonriendo.
—¿Verdad que es encantador? —decÃa—. Pero...
—Un peu de silencie, s'il vous plait —se oyó decir a Monsieur Hugo.
¡Uf, qué calor más molesto! Era algo excesivo; algo espantoso. Un calor como para asarse una viva.
