En una pension alemana
En una pension alemana En lo más alto de un pequeño y verde montÃculo hay un banco muy buscado. A su lado crece un castaño joven, que tiene la forma de un hongo gigantesco. Bajo él, la tierra se ha hundido, se ha desmoronado, dejando tres o cuatro cavidades arcillosas, cuevas o cavernas, en una de las cuales una pareja menuda ha instalado su domicilio sin más mobiliario que una azada de juguete, una caja de fósforos vacÃa, un clavo romo y una pala. El pelo rojizo de él forma un gran flequillo, tiene los ojos azul claro, lleva un blusón rosa descolorido y botas negras de botones. Las floridas ondas del pelo de ella están recogidas hacia arriba con una cinta amarilla, y viste dos vestidos; el de esta semana debajo y el de la anterior encima, lo que le da cierto aire de corpulencia.
—Si no me traes palos para hacer el fuego, no habrá comida —le advirtió arrugando la nariz y mirándole muy seria—. Te debes haber olvidado de que tengo que hacer fuego.
Él no lo tomó muy a pecho y siguió balanceándose en la punta de los pies.
—Bueno, y ¿dónde voy yo a encontrar palos?
—¡Bah! —exclamó ella, alzando los brazos con ademán desolado—, pues en cualquier parte, hombre —y luego muy bajito, sólo lo suficiente alto para que él lo oyera—: No hace falta que sean palos de verdad, ¿comprendes?