En una pension alemana
En una pension alemana El fuego ardÃa.
—Mete la mano en el horno —dijo ella— y ve si está caliente.
Él la metió, pero hubo de retirarla dando un grito y se puso a dar saltos.
—Está muy caliente —aseguró.
Esto pareció gustarle mucho a la niña que también se levantó, fue hacia él y le tocó con un dedo.
—¿Te gusta jugar conmigo?
Y él repuso con el aplomo y la concisión de costumbre:
—SÃ.
Entonces ella se alejó de él corriendo y gritando:
—No acabaré nunca si no me dejas en paz con tus preguntas.
Mientras la niña estaba atizando el fuego, él le hizo saber:
—Nuestra perra ha tenido michines.
—¡Michines! —exclamó asombrada, sentándose en los talones—. Cómo, ¿una perra puede tener michines?
—Claro que puede —dijo él—, hijitos, ¿comprendes?