En una pension alemana
En una pension alemana —¿Se lo cortó, eh? —preguntó el trompetero. Y luego—: ¿Cómo fue eso?
—Cuando estaba comiendo, con el cuchillo.
Ambos quedaron jadeantes mirando a lo lejos, y luego él preguntó:
—¿Mucho?
Aquella voz apagada, gastada, caduca. Aquella vieja voz, que, sin saberse por qué, recordaba un trozo de encaje obscuro levemente perfumado, repuso:
—No, no mucho.
Otra vez lanzó él el ronco y extraño grito, y quitándose el sombrero limpió el sudor de la badana y se lo volvió a poner.
La voz vecina exclamó con deje despectivo:
—Creo que fue un descuido.
Y él replicó hinchando los mofletes: —Siempre se está expuesto a ello.
Pero entonces un pajarillo, volando por encima de los dos, fue a posarse en una rama del joven castaño, y lanzó sobre sus viejas cabezas un surtidor de trinos.
Él se levantó pesadamente, se quitó el sombrero y lo agitó en dirección del árbol. El pajarillo huyó.
—No tengo ganas de que ningún pájaro venga a ensuciarse sobre nosotros —explicó.
Y fue bajando su vientre otra vez, cuidadosa, muy cuidadosamente.