En una pension alemana
En una pension alemana —Haz el favor de una cerilla.
La caja de verdad salió a relucir triunfalmente y también el clavo romo. Pero, cosa extraña; ras, ras, ras, la cerilla no querÃa encenderse, y se miraron uno a otro consternados.
—Prueba por el otro lado —aconsejó la niña.
¡Ras!
—¡Ah!, esto es otra cosa.
Hubo un gran resplandor y los dos se sentaron en el suelo para hacer el pastel.
Ha llegado al banco bajo el castaño otra pareja. Dos viejos niños gordos y grandullones que se dejaron caer en él. Ella lleva un sombrerillo adornado con lilas y sujeto con tintas de terciopelo lila; también una chaqueta de raso negro con corbata de encaje y las manos comprimidas dentro de un par de guantes negros de cabritilla, que dejan ver un rodete de carne amoratada. La cara mofletuda de él tiene un cutis terso y brillante. Al sentarse se ha asido el vientre enorme y blanducho, como cuidando de que no se estremezca ni se alarme. —Mucho calor —dijo el niño viejo.
Y a continuación dio un grito ronco y raro como un trompetazo, con el cual debÃa estar ella muy familiarizada, porque no dio señales de extrañeza. Se habÃa quedado mirando la encantadora lejanÃa, y con un leve estremecimiento le hizo saber:
—Nellie se cortó un dedo anoche.