En una pension alemana
En una pension alemana HabĂa cumplido eficientemente con lo que Roy le habĂa pedido. Ni siquiera habĂa sido doloroso. No podĂan permitirse el tener un hijo. Roy habĂa obtenido, no sabĂa cĂłmo, las señas de aquel sospechoso doctorcillo.
—Querida mĂa —habĂa dicho—, vale más que pongamos nuestro caso en manos de un doctor completamente desconocido. En esta clase de asuntos hay que ir con pies de plomo. El doctor podrĂa hablar y ello no nos favorecerĂa. —Y añadió—: Y no es que me importe demasiado que nuestras relaciones se hagan pĂşblicas. No me importarĂa, te lo aseguro, ver nuestros nombres en la primera página del Daily Mirror, debajo de un corazĂłn atravesado por una flecha.
Sin embargo, su aficiĂłn al misterio y a la intriga, su pasiĂłn por «ocultar bellamente nuestro secreto» —era su frase favorita— le habĂan inducido a obrar de aquella manera. Él mismo habĂa traĂdo en un taxi al pequeño doctor.
Se escuchĂł a sĂ misma decir con una voz completamente tranquila:
—Supongo que no habrá complicaciones. Sin embargo, desearĂa que informara al señor King que he quedado muy quebrantada y que mi corazĂłn necesita descanso, Âżme entiende usted?