En una pension alemana

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Realmente, Roy no se había equivocado al escoger a aquel doctor. Era «comprensivo» en sumo grado. Mientras devolvía el estetoscopio a su funda con dedos temblorosos, le dirigió una rápida mirada con sus ojillos vivaces y agudos.

—Pierda cuidado, querida —dijo con voz ronca—. La comprendo a usted perfectamente.

Resultaba odioso al adoptar aquel aire de complicidad. Ella volvió a ponerse su bata color púrpura y acompañó al doctor hasta el salón donde Roy, un Roy pálido y atractivo, con su eterna sonrisa a flor de labios, esperaba el final de la intervención.

—Bueno —dijo el doctor—, todo lo que puedo decirle acerca de la señora... ejem... señorita, es que ahora necesitará un poco de descanso. Todo esto, indudablemente, ha de producirle un ligero trastorno y su corazón no marcha del todo bien. No puede permitirse ninguna otra «equivocación».

En la calle, un organillo dejaba oír unas notas alegres, que parecían fluir a borbotones, como los trinos de la garganta de un pájaro.

Esto es todo lo que tengo que decirte,

que decirte.

Esto es todo lo que tengo que decirte...


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