En una pension alemana

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Las notas seguían sonando, burlonas. Ella se dio cuenta de que la sonrisa de Roy se hacía más profunda y que aumentaba el brillo de sus ojos. Se limitó a exclamar: «¡Ah!», pero en un tono que ponía de manifiesto su íntima satisfacción.

La miró, con aquella mirada que ella conocía tan bien. Luego palmeó amistosamente la espalda del doctor.

—Quiero que la señorita emprenda un viaje por mar —anunció. Y a continuación preguntó, con una leve ansiedad—: ¿Qué es lo que debe comer?

Entretanto, ella se contemplaba en el gran espejo del salón, que le devolvía su imagen sonriente.

—Tenga en cuenta, doctor —seguía diciendo Roy—, que si no me preocupo de su alimentación es capaz de vivir exclusivamente de bocadillos de caviar y uva... Y en cuanto al vino, ¿puede beberlo?

El vino no podía hacerle daño.

—Tal vez el champaña sea lo que le siente mejor —insinuó Roy, satisfecho.

—Sí —concedió el doctor—. Que beba champaña si le gusta. Y, además, un brandy con soda en las comidas.

—¿Has oído, querida? —preguntó sonriente—. Debes tomar un brandy con soda en las comidas.

Muy tenuemente, debilitadas por la distancia, seguían llegando las notas del organillo:


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