En una pension alemana
En una pension alemana Desde que se habÃan quedado solas, habÃa tomado la costumbre de gritar de una habitación a otra. La anciana tosió para tranquilizarse y dio una voz:
—Haga el favor de traer el quinqué.
—¿El quinqué? —Dollicas vino por el pasillo y se quedó junto a la puerta—. Pero si son apenas las cuatro...
—No importa —dijo la señora Bean tercamente—. Tráigalo.
Y momentos después, la vieja sirvienta aparecÃa llevándolo cuidadosamente con ambas manos. Su ancho y blando semblante tenÃa la expresión que adoptaba siempre que llevaba algo en las manos, y avanzaba como si anduviera en sueños. Lo puso sobre la mesa, bajó la mecha, la alzó y tornó a bajarla otra vez. Luego se enderezó para mirar de frente a su señora.
—Pero, ¿qué es lo que está pisando? Era la camiseta para las misiones.
Y Dollicas, mientras se agachaba para recogerla, pensaba: «La pobre señora ha estado durmiendo. TodavÃa no está despierta del todo.» Y ciertamente, parecÃa estar aún medio dormida. Cuando cogió el tejido se le escaparon todos los puntos de una aguja y empezó a deshacer lo que habÃa hecho.