En una pension alemana
En una pension alemana El hombre se había quitado el sombrero, mientras la anciana cerraba la puerta. Una vez que la hubo cerrado se recostó contra ella sollozante.
«Que se vayan, que se vayan.»
—¡Cloqueti-cloc-cloc! ¡Clue! ¡Clue! ¡Cloqueti-cloc-cloc! —se oía fuera.
Luego un leve cluc, cinc. Después silencio. Se habían ido. Habían desaparecido. Pero todavía permaneció apoyada contra la puerta, mirando fijamente al vestíbulo, la vista clavada en el perchero, semejante a una enorme langosta con perchas por antenas.
No pensaba en nada, ni siquiera pensaba en lo que había ocurrido. Era como si hubiese caído en una cueva cuyos muros fueran de tinieblas.
Volvió en sí con una honda conmoción interna, al oír el ruido de la puerta del jardín al abrirse, y unos pasos breves y apresurados que hacían crujir el cascajo; sería Dollicas que se dirigía presurosa hacia la puerta trasera; no debía encontrarla allí. Y, vacilante como la llama de una vela, volvió al comedor y ocupó su sitio junto a la ventana.
Dollicas estaba en la cocina. ¡Clang! Ya había dejado caer el cerco de hierro sobre la chapa. Luego su voz:
—Acabo de poner al fuego la tetera, señora.