En una pension alemana
En una pension alemana Pero sí, el aldabonazo había resonado ya y la había alcanzado. Por un momento la dejó anonadada. ! Abrió la boca jadeante, un escalofrío glacial la estremeció toda, e hizo que le temblaran las manos y las rodillas. Vio que el hombre retrocedía un escalón, para mirar de nuevo hacia las ventanas con mirada inquisitiva, y después...
—¡No! —gimió.
Y tambaleándose, asiéndose aquí y allá, pudo llegar a la puerta antes de que la llamada se repitiese. Abrió, y con el mentón tembloroso y los dientes entrechocando, pudo de una u otra forma exclamar:
—¡No es ésta la casa!
—¡Ah! —el hombre quedó sorprendido. Cuando ella iba a entrar ya, vio tras de él, en la puerta del jardín, un conciliábulo de sombreros de copa.
—¿No es ésta la casa? —murmuró el hombre.
Ella sólo tuvo fuerzas para corroborarlo con un movimiento de cabeza. En el momento de ir a cerrar, el hombre sacó a relucir de los faldones de su levita un libro de notas negro con cantos de latón, y apresuradamente lo abrió.
—Número veinte. Glorieta de Shutleworth.
—Ésta es la calle. La glorieta está a la vuelta de la esquina —la mano de la vieja señora se alzó para señalar, pero cayó temblorosa.