En una pension alemana

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Un leve ruido llegó desde la calle; un ruido de herraduras de caballos. Y ella se echó hacia delante para ver. ¡Dios santo! Era un entierro. Primero iba la carroza encristalada rodando muy apresuradamente con el féretro reluciente de barniz en el interior (pero sin coronas). En el pescante tres hombres y dos de pie en la trasera. Luego algunos coches, unos con caballos negros y otros con caballos castaños. El polvo, voltijeando a lo largo de la calle, casi ocultaba la comitiva. Ella se puso a escudriñar las casas de enfrente, para ver si alguna tenía las cortinas echadas. Y qué horribles aquellos hombres también. Reían, bromeaban, y uno de ellos, inclinándose hacia afuera, se sonó la nariz con el guante de luto. ¡Espantoso! Recogió la labor y quedó con las manos ocultas tras ella. Dollicas sin duda lo sabría. Ya pasaban... debía de estar al final de la calle.

¿Pero qué era aquello? ¿Qué había ocurrido? ¿Qué podía significar eso? ¡Que Dios nos asista! Y su viejo corazón se puso a saltar como un pececillo, al darse cuenta de que la carroza encristalada se detenía ¡frente a su puerta!, mientras que los hombres del pescante bajaban de un salto, abrían la trasera para sacar el féretro vacío, y el más alto de todos, con una mirada de asombro a las ventanas, entraba apresuradamente, cautelosamente, por el camino del jardín.

—¡No! —gimió.


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