En una pension alemana

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Como puede suponerse, la madre fue volando. Pero era demasiado tarde. Dicky se había bajado de la silla y había salido a todo correr por la puerta vidriera a la veranda. Ella, claro, se había quedado allí sin saber qué hacer, poniéndose y quitándose el dedal. No era cosa de correr tras Dicky entre los manzanos y los ciruelos. Sería poco digno. Y resultaba no sólo desagradable, sino exasperante. Sobre todo ahora que la señora Spears, precisamente la señora Spears, cuyos dos hijos eran tan ejemplares, estaba esperándola en el salón.

—Muy bien, Dicky —exclamó—. Tendré que pensar cómo he de castigarte.

—No me importa —sonó la vocecilla chillona, y otra vez salió a relucir aquella risita tintineante. La criatura ya no podía dominarse. —Señora Spears, no sé cómo excusarme por haberla dejado sola de esta manera.

—No tiene importancia, señora Bendall —repuso aquélla con su voz tan suave y almibarada, enarcando las cejas de aquel modo tan suyo. Parecía sonreír para sus adentros mientras marcaba los pliegues. —Esas cosillas ocurren de vez en cuando. Espero que no será nada grave.


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