En una pension alemana

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—Ha sido Dicky —replicó la señora Bendall, buscando desolada su única aguja fina. Y le explicó todo el asunto—. Lo peor es que no sé qué remedio pueda tener esto. Cuando se pone así es inútil todo lo que se haga, nada le asusta.

La señora Spears abrió mucho sus claros ojos. —¿Ni siquiera unos azotes?

Pero la señora Bendall, que estaba enhebrando la aguja, frunció los labios.

—Nunca hemos pegado a nuestros hijos —dijo—. Con las niñas nunca hizo falta. Y Dicky, tan pequeño y además el único chico... hasta cierto punto...

—Ay, hija mía —exclamó la señora Spears, dejando la costura—. No me extraña entonces que el niño tenga esos arrebatos. ¿No se molestará si le digo mi parecer? Pues, mire, estoy convencida de que están cometiendo un grave error al querer educar a sus hijos sin pegarles. No hay nada como una buena azotaina. Y hablo por experiencia, amiga mía. Yo solía usar métodos benévolos —y aspiró el aire con leve silbido—, como embadurnarles la lengua con jabón amarillo o hacerles estar de pie sobre una mesa toda la tarde de un sábado. Pero no, créame, no hay nada como dejar que el padre se las entienda con ellos.


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