En una pension alemana

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La señora Bendall, allá en sus adentros, quedó horrorizada al oír lo del jabón amarillo. Pero como la otra hablaba de ello como de cosa común y corriente, acabó aceptándolo así.

—¡Ah!, su padre —replicó—. Así, pues, ¿no los azota usted misma?

—Nunca —la señora Spears parecía muy extrañada de que aquello pudiera ocurrírsele—. No me parece bien que sea la madre quien azote a los niños. Es una obligación de los padres. Y, además, eso les impresiona mucho más.

—Sí, me lo supongo —dijo la señora Bendall con voz débil.

—Y mis dos chicos —prosiguió la otra madre sonriéndole, cariñosa, alentadoramente— harían lo que hace Dicky si no tuvieran miedo. Pero como...

—Ah, sus chicos son un verdadero modelo —exclamó la otra.

Y lo eran. No podría encontrarse unos muchachitos más juiciosos ni que se portaran mejor que ellos delante de las personas mayores. A tal punto, que las visitas solían decir que nadie creería que en aquella casa había criaturas. Lo que muchas veces era cierto.


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