En una pension alemana

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En el vestíbulo de la familia Spears había un gran cuadro que representaba a unos monjes ancianos, rollizos y jocundos pescando a orillas de un río. Y bajo él un grueso y negro látigo de cochero que había pertenecido al padre del señor Spears. Algunas razones debían de tener los chicos para preferir jugar donde no los vieran; tras la perrera, tras la caseta de las herramientas o junto al estercolero.

—¡Qué error más terrible —exclamó la visitante con un leve suspiro, mientras plegaba su labor— el ser débil con los hijos cuando son pequeños! Un triste error en que se incurre bien fácilmente y que tanto perjudica a las criaturas. Eso es lo que ha de tener una presente. El arrebato de Dicky de esta tarde creo que ha sido intencionado. Es así como los chicos le dan a entender a uno que necesitan unos azotes.

—¿Usted cree? —la señora Bendall, tan poquita cosa, se sintió muy impresionada con aquello.

—Estoy convencida. Y un buen recordatorio administrado por el padre —dijo la señora Spears con aire profesional— le ahorrará muchos disgustos en el porvenir. Créame, querida amiga.

Y puso sobre las manos de la señora Bendall las suyas secas y heladas.

—Hablaré con Edward en cuanto llegue —dijo con firmeza la mamá de Dicky.


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