En una pension alemana

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Ya estaban los niños en la cama cuando sonó la puerta del jardín y el padre de Dicky subió trabajosamente los empinados escalones de cemento cargado con la bicicleta. Había tenido un día infernal en la oficina. Venía sofocado, polvoriento, rendido.

Para entonces la señora Bendall había tomado tan a pecho el nuevo plan, que fue en persona a abrirle la puerta.

—Edward, no sabes cuánto me alegro de que hayas llegado.

—¿Qué ocurre? —preguntó él, posando la bicicleta y quitándose el sombrero. En su frente apareció una huella roja, sañuda, que su presión le había dejado—. ¿Qué ha pasado?

—Vamos a la sala —dijo ella, hablando muy apresurada—. No sé cómo decirte lo mal que se ha portado Dicky. Pasándote el día en la oficina, no puedes hacerte idea de lo que es capaz una criatura a su edad. Ha sido sencillamente algo espantoso. No puedo con él, es imposible. Lo he probado todo, Edward, pero en vano. Lo único que queda por hacer —concluyó ya sin aliento— es darle unos azotes, que tú le des unos azotes.

En una esquina de la sala había una rinconera, y en la balda de arriba un oso pardo de porcelana mostraba su pintada lengua, de modo que en la penumbra parecía estar haciendo burla al padre de Dicky, y diciéndole:


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