En una pension alemana

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—Vaya, hombre, conque para esto has venido a casa, ¿eh?

—Pero, ¿cómo diablos voy a ponerme a pegarle? —decía Edward, mirando al oso fijamente—. No se le ha pegado nunca.

—Pero, ¿no comprendes? —insistió su mujer—. Es lo único que queda por hacer. Hay que imponerse a las criaturas.

Aquellas palabras, escapando de los labios de ella, iban a percutir en la cabeza de él, en su fatigada cabeza.

—No podemos permitirnos el lujo de tener una institutriz. La criada tiene trabajo más que de sobra.

Y no sé cómo decirte lo malo que se ha vuelto. Tú, como te pasas el día en la oficina, no puedes comprenderlo.

El oso sacaba la lengua, mientras la reprimenda seguía. Edward se dejó caer en una silla.

—Y ¿con qué voy a pegarle? —dijo, ya sin fuerzas.

—Pues con una zapatilla —replicó ella, mientras se arrodillaba para desatarle las botas polvorientas.

Y añadió en tono de queja—: Por Dios, Edward, otra vez has entrado en la sala con los sujetadores de andar en bicicleta en los pantalones. Vamos, que...


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