En una pension alemana

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Frau Brechenmacher se puso tiesa en su silla. La música cesó, y los que bailaban ocuparon sus sitios junto a las mesas.

Sólo Herr Brechenmacher permaneció en pie. Sostenía en la mano una enorme cafetera de plata. Todo el mundo rió con el discurso, y todos corearon con carcajadas sus gestos, al verle llevar la cafetera a la pareja nupcial como si llevara un niño en brazos.

La novia alzó la tapa, miró dentro y la volvió a poner, dando un leve grito. Luego se sentó mordiéndose los labios. El novio se la quitó de las manos y sacó de dentro un biberón y dos figurillas de porcelana en sendas cunitas. Cuando se puso a zarandear aquel tesoro ante los ojos de Teresa, el caldeado salón parecía oscilar y venirse abajo con las risotadas.

A Frau Brechenmacher no le hizo ninguna gracia. Iba mirando una a una las caras de los que reían, y, de repente, se le antojaron todos extraños; sintió deseos de volver a su casa y no salir más. Se figuró que todas aquellas gentes se estaban riendo de ella. Y otras muchas gentes más que no estaban en el salón. Y todos se reían de ella porque eran más fuertes que ella.


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