En una pension alemana

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—Pues va a estar divertida con éste —exclamó Frau Rupp—. Estuvo el verano pasado de huésped en casa, y tuve que echarlo. No se mudó de ropa en dos meses, y cuando le llamé la atención sobre el olor que había en la habitación, me dijo que sin duda salía de la tienda. ¡Ay!, cada mujer lleva su cruz. ¿No es verdad, hija?

Frau Brechenmacher vio en la mesa inmediata a su marido en compañía de sus colegas. Comprendió que estaba bebiendo demasiado. Gesticulaba desaforadamente, y, al hablar, salpicaba con la saliva.

—Sí —repuso la otra—, es verdad. Los jóvenes tienen que aprender mucho.

Incrustada entre aquel par de viejas gordas, Frau había perdido las esperanzas de que la sacaran a bailar. Contemplaba a las parejas que daban vueltas y vueltas, y, olvidándose de sus cinco criaturas y de su marido, imaginaba ser otra vez joven. La música sonaba melancólica y dulcemente.

Entre los pliegues del regazo, sus ásperas manos se enlazaban y desenlazaban por sí solas. Al cesar la música no se atrevió a mirar a nadie a la cara, y sonrió con un tenue temblor nervioso en torno de la boca.

—¡Por Dios! —exclamó Frau Rupp—. Le han dado a la hija de Teresa un trozo de salchicha. Es para que se esté quieta. Ahora van a hacerles un presente. Su marido va a hablar.


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