En una pension alemana
En una pension alemana Luego hizo un guiño a los invitados, que se echaron a reÃr a carcajadas.
—Estoy animada —tartamudeó la vieja.
Y para demostrar que se hallaba a la altura de las circunstancias, se puso a dar golpes en la mesa con el puño cerrado, siguiendo el compás de la música.
—No puede olvidar lo loca que es Teresa —dijo Frau Ledermann—. ¿Cómo lo va a olvidar con esa niña aquÃ? He oÃdo decir que el sábado por la noche le dio un ataque de nervios. DecÃa que no querÃa casarse con éste. Tuvieron que ir a buscar al cura.
—¿Dónde está el otro? —preguntó Frau Brechenmacher—. ¿Por qué no se casa con ella?
La mujer se encogió de hombros.
—Ha desaparecido, se largó. Es un viajante y sólo durmió un par de noches en la casa. VendÃa botones de camisa. Excelentes botones, yo compré algunos. Pero qué puerco. No sé lo que verÃa esa pobre muchacha, vaya usted a saber. Su madre dice que a los dieciséis años ya era ardiente como el fuego.
Frau Brechenmacher se quedó mirando su vaso de cerveza y sopló un hoyito que se habÃa hecho en la espuma.
—Esto no es lo que debe ser una boda —declaró—. No es cristiano. Amar a dos a la vez.