En una pension alemana
En una pension alemana —¡Qué boda ésta! —declaró Frau Ledermann, que se sentaba al otro lado de Frau Brechenmacher—. ¿Cómo se le ocurrirÃa a Teresa traer a la niña?
—Es hija suya, ¿sabe usted, querida?, y la llevará a vivir con ella. No me parece oportuno llevar a la iglesia a una chiquilla para que presencie la boda de su propia madre.
Las tres mujeres miraban atentamente a la novia, que permanecÃa muy quieta, con los labios contraÃdos en una sonrisa estúpida. Sólo sus ojos se movÃan de uno a otro lado intranquilos.
—También le han dado cerveza —susurró Frau Rupp—, y vino blanco con hielo. Le van a estropear el estómago para siempre. DeberÃan haberla dejado en casa.
Frau Brechenmacher se volvió para mirar a la madre de la novia. No quitaba ni un momento la vista de su hija, pero, arrugando como un mono la frente morena, saludaba ceremoniosamente con la cabeza a uno y otro lado. Sus manos temblaban al levantar el jarro de la cerveza, y, después de beber, escupÃa en el suelo y se limpiaba zafiamente la boca con la manga. Cuando empezó la música a tocar, siguió a Teresa con la mirada, examinando recelosa a todos los que bailaban con ella.
—¡AnÃmate, vieja! —le gritó su marido, dándole un metido en las costillas—, que no estamos en los funerales de Teresa.