En una pension alemana
En una pension alemana En un taburete, a la derecha de la novia, había encaramada una niñita vestida con un traje de muselina arrugado. Tras de una oreja le colgaba una guirnalda de nomeolvides. Todo el mundo reía, charlaba, se estrechaba la mano, chocaba los vasos y daba pisotones en el suelo. Un hedor a cerveza y sudores llenaba el aire.
Frau Brechenmacher, después de saludar a los novios y a sus acompañantes, echó a andar tras su marido por el salón. Comprendió que iba a pasar un buen rato. A medida que olfateaba aquel olor a fiesta, que le era familiar, se esponjaba y sentía que entraba en calor y que los colores le salían a la cara. Alguien le tiró de la falda y al volver la cabeza vio a Frau Rupp, la mujer del carnicero, que arrastraba una silla vacía y le invitaba a sentarse a su lado.
—Fritz le traerá un poco de cerveza —dijo—. Hija mía, se le ha desabrochado la falda por detrás. No he podido menos de reír al verla cruzar la sala enseñando la cintila blanca de las enaguas.
—¡Qué horror! —exclamó Frau Brechenmacher dejándose caer en la silla vacía, y mordiéndose los labios.
—Bueno, ya está —dijo Frau Rupp, extendiendo sobre la mesa sus manos regordetas para contemplar con gozo reconcentrado sus tres anillos de viudedad—. Pero hay que tener cuidado. Y sobre todo en las bodas.