En una pension alemana

En una pension alemana

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—No.

—Claro que no. ¿Ve a dónde van ustedes? Nunca he oído decir que se pueda tener hijos alimentándose con vegetales. Es imposible. Pero hoy en día no tienen ustedes en Inglaterra muchos hijos. Deben de estar muy atareados con los sufragistas. Pues yo he tenido nueve y todos viven, gracias a Dios. Criaturas sanas y hermosas. Aunque desde que tuve el primero he tenido que...

—Magnífico —exclamé.

—¿Magnífico? —dijo la viuda con aire despectivo, mientras volvía a colocar la horquilla en el montículo que se balanceaba en lo alto de su cabeza—. Eso no tiene importancia. Una amiga mía tuvo cuatro de una vez, y su marido se puso tan contento, que dio una cena y los colocó sobre la mesa. Ella, como es natural, estaba orgullosísima.

—Alemania —tronó el viajante— es el país de la familia —había ensartado una patata con el cuchillo y la iba mordiendo en derredor.

A esto siguió un respetuoso silencio. Se cambiaron los platos para la carne de vaca con pasas y espinacas. Limpiaron los tenedores en un trozo de pan negro y comenzaron de nuevo.

—¿Cuánto tiempo va a permanecer aquí? —me preguntó Herr Rat.

—No lo sé fijamente. Tengo que estar en Londres para septiembre.


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