En una pension alemana
En una pension alemana Una alta tapia de madera cercaba completamente el recinto. Por encima de la misma se divisaban los pinos que flanqueaban el camino que conducía a «Luft Bad». Al otro lado de la tapia, a mano derecha, se hallaba la sección de hombres. A través de un intersticio entre dos tablones podíamos observarles haciendo gimnasia, levantando unas enormes pesas, mientras entonaban canciones no aptas para todos los oídos. Sus atuendos, excepto las sombrillas, se diferenciaban poco de los nuestros.
Confieso que, el primer día, la posibilidad de mostrar mis piernas completamente al desnudo me tenía sumamente avergonzada. No me atrevía a salir de la caseta hasta que una de las habituales del lugar, una dama con la que había jugado al ajedrez algunas veces, me llamó a través de los delgados tabiques de madera.
Hice de tripas corazón, salí y me uní a uno de los grupos.
A los pocos instantes de estar allí sentada, una dama húngara de aspecto imponente comenzó a hablar de la magnífica tumba en que estaba enterrado su segundo marido.