En una pension alemana

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—Es una cripta —decía— con unas primorosas rejas negras. Y tan espaciosa que podría pasearme perfectamente por su interior. Hay una hermosa fotografía nuestra, enmarcada por una corona que me envió el hermano de mi primer marido. Yo voy con frecuencia a visitarla: los sábados por la tarde, especialmente, constituye una agradable excursión.

Se levantaba de repente, se colocaba las manos a la espalda, aspiraba profundamente seis o siete veces y volvía a sentarse.

—Su agonía fue algo horrible —añadió—; me refiero a la de mi segundo marido. El primero se fue al otro mundo en muy poco tiempo, pero el segundo estuvo muriéndose durante setenta y siete horas. Yo no dejé de llorar ni un instante, desde luego...

Una joven rusa, con unos hermosos rizos que le caían sobre la frente, se volvió hacia mí.

—¿Sabe usted bailar la danza de «Salomé»? —me preguntó—. Yo la bailo bastante bien.

—¡Qué estupendo! —contesté.

—¿Quiere que la baile ahora mismo? ¿Le gustaría verlo?

Sin esperar mi respuesta se puso en pie y por espacio de diez minutos realizó una serie de sorprendentes contorsiones. Cuando acabó la «danza», estaba sin aliento.


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