En una pension alemana

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—¿No es magnífico? —exclamó—. Además, ahora estoy completamente sudada y una ducha me sentará muy bien.

Enfrente mío había una mujer morena que permanecía tumbada de espaldas, completamente inmóvil, con los brazos por debajo de la nuca.

—¿Hace mucho tiempo que viene usted aquí? —le pregunté.

—¡Oh, sí! Paso largas temporadas en este lugar —me contestó—. Esto forma parte de mi tratamiento. Me alimento exclusivamente de hortalizas y de nueces, y tengo la sensación de que mi espíritu es cada día más vigoroso y más puro. La mayoría de la gente vive en condiciones horribles, respirando un aire lleno de miasmas e ingiriendo alimentos nocivos para su cuerpo y para su alma. Lo que me extraña es que no haya más enfermos y más locos de los que ya existen. Yo procuro vivir de una manera sencilla. —Señaló una pequeña bolsa que tenía a su lado—: Una lechuga, una zanahoria, una patata y un puñado de nueces, constituyen una alimentación racional. Lo como todo crudo, tal como sale de la tierra, incontaminado y fresco.

—¿Y no toma nada más en todo el día? —me asombré.


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