En una pension alemana

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—Agua. Y, algunas veces, si me despierto durante la noche, un plátano. —Se volvió de lado y se apoyó sobre un codo—. Usted come demasiado y se está perjudicando de un modo horrible —prosiguió—. ¡Es vergonzoso! ¿Cómo puede esperar que se encienda en usted la Llama del Espíritu bajo esos montones de carne superflua?

Yo deseaba que dejara de mirarme y estaba a punto de levantarme y marcharme de allí cuando una muchacha muy joven, que llevaba un collar de cuentas de coral, se unió a nosotras.

—La pobre Frau Hauptmann no ha podido venir hoy —manifestó—. Tiene los nervios completamente destrozados. Ayer se excitó mucho escribiendo dos tarjetas postales.

—Está algo delicada —intervino la húngara—, pero es una mujer sumamente agradable. Lo que le falta a la pobre Fancy es un poco de energía. Es incapaz de imponerse a sus hijas para que dejen de usar esos descarados trajecitos que llevan a todas horas. Se sientan en cualquier banco y cruzan sus piernas de un modo sumamente desvergonzado y provocativo, enseñando los muslos. ¿Adonde han ido ustedes esta tarde, Fräulein Anna?


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