En una pension alemana

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—¡Oh! —dijo el Collar de Coral—. Herr Oberleutnant me invitó a acompañarle a Lansdorff. Necesitaba comprar algunos huevos. En ocho huevos consiguió que le rebajaran un penique. Es indudable que sabe cómo hay que regatearles a los campesinos.

—¿Es usted americana? —me preguntó de repente la Dama Vegetariana.

—No.

—Entonces, es usted inglesa, ¿verdad?

—Bueno, no del todo...

—Tiene que ser usted una de las dos cosas, no puede ocultarlo. La he visto pasear sola muchas veces. Además, usted...

Me puse en pie y me dirigí hacia uno de los columpios. El aire, de una tibia dulzura, me excitaba de un modo delicioso. Por encima de mi cabeza, unas nubes blancas discurrían perezosamente por el azul del cielo. De los pinos cercanos llegaba un perfume selvático, en tanto que sus ramas se balanceaban suavemente al impulso de la brisa. Yo me sentía ligera, libre y feliz. Y, sobre todo, ¡tan joven!

—¿No sabe usted —me gritó alguien— que el ejercicio del columpio es muy perjudicial para el estómago? Un amigo mío estuvo tres semanas sin poder retener la comida a consecuencia de la excitación que le producía el columpiarse...


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