Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Llovía a cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían en el cielo a distancias Inconmensurables, haciendo llegar hasta nuestros oídos el ruido sordo del rayo.
Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y permanecían inmóviles.
Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba mojarse lo menos posible. No teníamos siquiera dónde hacer espalda, ni era posible conversar, porque el ruido de la lluvia, que caía a torrentes, ahogaba las palabras que salían de abajo de los ponchos o capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza.
Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua a plomo.
Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba algunas palabras con Camilo Arias, que estaba casi pegado a mi lado.
En una de esas pláticas diluvianas, le dije así:
—Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que quieran retenerme, con la ilusión de un gran rescate. En este caso es preciso que el general Arredondo lo sepa sin demora. Prevén a los muchachos —eran éstos cinco hombres especiales—, mis baqueanos de confianza.
Será señal de que ando mal, que no tenga en el cuello este pañuelo.