Una excursión a los indios Ranqueles

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Abandoné la postura en que me había colocado y permanecido tanto rato, y me acerqué a él.

Me dieron un mate.

Los buenos franciscanos intentaban dormir, rendidos por la fatiga del día y de la noche anterior —que quien no está hecho a bragas, las costuras le hacen llagas.

Haciendo uso de la familiaridad y confianza que con ellos tenía, les obligué a levantarse y a que ocuparan un puesto en la rueda del fogón.

Apuramos el asado, desparramamos brasas, lo extendimos y no tardó en estar.

Mientras estuvo, nos secamos.

Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad; porque todo estaba anegado y las pilchas muy mojadas, y nos acostamos a dormir.

Dormimos perfectamente. ¡Qué bien se duerme en cualquier parte cuando el cuerpo está fatigado!

Si los que esa noche se revolvían en elástico y mullido lecho agitados por el insomnio, nos hubieran oído roncar en los albardones de Coli-Mula, ¡qué envidia no les hubiéramos dado!

Es indudable que la civilización tiene sus ventajas sobre la barbarie; pero no tantas como aseguran los que se dicen civilizados.

La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en varias cosas.


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