Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Empero, mientras los gobiernos no pongan remedio a ciertos males, yo continuaré creyendo en nombre de mi escasa experiencia, que mejor se duerme en la calle o en la Pampa que en algunos hoteles.
Sonaban los cencerros de las tropillas; cada cual se preparaba para subir a caballo, habiendo olvidado sus penas alrededor del fogón:
Y en el oriente nubloso
la luz apenas rayando,
iba el campo tapizando
de claro oscuro verdor.[5]
Galopábamos, aprovechando la fresca de la mañana, y a la derecha en lontananza se veÃan ya los primeros montes de Tierra Adentro.
Me proponÃa llegar al Cuero temprano.
Apenas salimos de Coli-Mula comprendà que no lo conseguirÃa.
El campo estaba cubierto de agua, y quebrándose en altos médanos, en cañadas profundas y guadalosas, nos obligaba a marchar despacio.
Los caballos hubieran soportado bien una marcha acelerada; las mulas no.
Y, sin embargo, por muy despacio que anduve se quedaron atrás, porque a cada rato se caÃan con las cargas y habÃa que perder tiempo en enderezarlas.