Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Le escribà a mi amigo don Pastor Hernández, comandante militar del Departamento del RÃo Cuarto, hombre tan penetrante como laborioso y constante, que necesitaba conchabar media docena de pÃcaros, siendo de advertir que preferÃa la destreza a la audacia, en una palabra, ladrones.
Hernández no se hizo esperar. A los pocos dÃas presentáronse seis conciudadanos de la falda de la sierra, con una carta, y encabezándolos, uno denominado el Cautivo.
Los fariseos que crucificaron a Cristo no podÃan tener unas fachas de forajidos más completas.
Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con la pata en el suelo; necesitábase estar animado del sentimiento del bien público para resolverse a tratar con ellos.
Entraron donde yo estaba.
Queriendo hacer un estudio social les ofrecà asiento. Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguà que se sentaran.
Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la silla.
Agacharon todos la cabeza.
Inicié la conferencia con ciertas preguntas como:
—¿Cómo te llamas, de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has hecho?