Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles ¡Nadie contestó!
Y ahà está el paÃs, la causa de la montonera y otras yerbas.
El Coronel los conchababa para robar; para robarle al lucero del alba que fuera. No habÃa inconveniente. Estaban prontos y resueltos a todo, a derramar su sangre, a jugar la vida. Lo mismo habÃa sido ofrecerle diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban honradamente.
ObedecÃan a una predisposición, a una educación, a las seducciones del caudillaje bárbaro y turbulento. Quizá se decÃan interiormente: Este sà que es un Coronel, ¡y lindo!
Mas se trató de los indios, de los mismos que no hacÃa muchos meses asolaban su propio hogar, y las disposiciones cambiaron con la rapidez del relámpago.
¿Era miedo? ¿Qué era?
No, no era miedo.
Nuestra raza es valiente y resuelta; no es el temor de la muerte lo que contiene al gaucho a veces.
Yo he visto a uno de ellos discurrir como un filósofo en el momento de llevarlo a fusilar.
Era un sargento: el sacerdote le instaba a confesarse, no querÃa hacerlo.
—¿Qué, no temes a la muerte?
—Padre —contestó con marcada expresión—, la muerte es un salto que uno da a oscuras sin saber dónde va a caer.