Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me apuré, cuando la arboleda lo permitía, y llegamos a la etapa apetecida.
Era la tarde, y la hora
en que el Sol la cresta dora
de los Andes…[7]
Esta aguada es un inmenso charco de agua revuelta y sucia, apenas potable para las bestias.
En previsión de que no estuviera buena, habíamos llenado los chifles en Chamalcó.
Había marchado muy bien, ganando más terreno del que esperaba; no tenía por qué apurarme ya.
Podía descansar un buen rato, lo que les haría mucho bien a los caballos y a mis queridos franciscanos.
Mandé desensillar.
El padre Marcos me miró como diciendo: ¡Loado sea Dios!, que si en estos berenjenales me mete también me ayuda.
Había un corral abandonado; cerca de él campamos.
Ordené que se redoblara la vigilancia de los caballerizos, entusiasmé a los asistentes con algunas palabras de cariño y un rato después ardió flamígero el atrayente fogón.
Comenzó la charla, de unos con otros, sin distinción de personas.
Ya lo he dicho: el fogón es la tribuna democrática de nuestro ejército.