Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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El fogón argentino no es como el fogón de otras naciones. Es un fogón especial.

Estábamos tomando mate de café, de postre; la noche había extendido hacía rato su negro sudario.

Una voz murmuró, como para que yo oyera:

—Si contara algún cuento el Coronel.

Era mi asistente Calixto Oyarzábal, de quien ya hablé en una de mis anteriores; buen muchacho; ocurrente y de esos que no hay más que darles el pie para que se tomen la mano.

—¡Sí, sí! —dijeron los franciscanos al oírle los oficiales y demás adláteres—, ¡que cuente un cuento el Coronel!

Me hice rogar y cedí.

Es costumbre que los hombres tomamos de las mujeres.

¿Y sabes, Santiago, qué cuento conté?

Uno de los tuyos.

El del arriero.

Vamos ¿a qué te has olvidado?

Voy a contártelo a tres mil leguas.

El respetable público que asiste a este coloquio me dispensará.

—Fíjense bien —dije antes de empezar—, que este cuento es bueno tenerlo presente cuando se viaja por entre montes tupidos.


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