Una excursión a los indios Ranqueles

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Un hombre como él acostumbrado a todas las fatigas, podía resistir el peso de su propio cuerpo, si no había otro remedio, no digo un día, muchos días, teniendo qué comer. Es claro. La necesidad tiene cara de hereje.

Pero no tenía nada. Todo se lo había llevado la mula en las alforjas. Felizmente, tenía un pedazo de queso en los bolsillos, yesquero, tabaco y papel.

Agua era lo de menos para un arriero.

Se comió el pedazo de queso.

Sacó después su chuspa y armó un cigarro; luego sacó fuego y fumó.

Nadie pasaba por allí, a pesar de la voz que debieron esparcir los de la partida, despertando la curiosidad popular.

El arriero fumaba y fumaba, y en lugar de otras cosas, cuando tenía necesidad echaba humo y humo.

Y así pasó muchos días, hasta que de hambre se comió la camisa y se murió de una indisgestión.

Y entré por un caminito y salí por otro.

No sé si al público le gustará este cuento; en el fogón fui aplaudido.

Yo soy porteño, del barrio de San Juan, y nadie es profeta en su tierra.

Por eso Sarmiento, siendo de San Juan, es Presidente, habiéndose cumplido con él una de mis profecías del Paraguay.


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