Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles A1 mismo tiempo tenÃa amores con una muchacha de Renca, que me querÃa bastante, cuyo padre era rico y se oponÃa a que la visitara.
Mi intención era buena.
Yo me habrÃa casado con la Petrona, ése era su nombre.
Pero no basta que el hombre tenga buena intención si no tiene suerte, si es pobre.
Tanto y tanto nos apuraba el amor, que al fin resolvimos irnos para Mendoza, casarnos allà y volver después cuando Dios quisiera.
En eso andábamos, viéndonos de paso con mucha dificultad; porque siempre nos espiaban los padres y el juez, que era viudo y medio viejo, que querÃa casarse con la Petrona, y cuya hija menor tenÃa tratos con Antonio, de quien era muy enemigo; siempre lo amenazaba con que lo habÃa de hacer veterano.
Un dÃa arreglamos al fin, después de mucho trabajo, cómo habÃamos de fugar.
Yo debÃa sacar a la Petrona de su casa en la noche.
Antonio me acompañarÃa, para cuidar la ventana, que era por donde habÃa de entrar. No podÃamos descuidarnos con el juez.