Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Petrona estaba medio muerta. El padre, furioso, porque ella también no venía en su ayuda, encendiendo luz pronto. Le amenazó con matarla si no lo hacía. Tuvo que hacerlo.
Para esto, Antonio se había ido con la plata.
Entre el padre de Petrona y la hermana, me amarraron bien.
A los gritos vinieron dos de la partida de policía que estaba cerca de allí, y me llevaron preso. Me pusieron en el cepo para que dijese dónde estaba la plata, y contesté siempre que no sabía, que yo no la había robado.
Me preguntaron que si tenía cómplices, teniéndome siempre en el cepo, y contesté que no.
—¿Y por qué no decías que Antonio era el ladrón?
—¿Y cómo lo había de descubrir a mi amigo? ¿Y cómo la había de perder a Petrona cuando la quería tantísimo? Yo prefería pasar por ladrón a ser delator de mi amigo; yo prefería pasar por ladrón y no que dijeran que Petrona era mi querida. Yo prefería ser soldado a todo eso.