Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Además, como todas las mujeres son iguales, falsas como la plata boliviana, supe esos dÃas no más, antes que me echaran a las tropas de lÃnea, que Petrona decÃa, para salvarse del castigo de su padre, que algo andaba maliciando que yo era un pÃcaro que la habÃa solicitado a ella de mala fe, con sólo la intención de hacer el robo que habÃa hecho.
Quién sabe si no hubiera sido eso, si no declaro al fin, atormentado por el cepo, que Antonio era el ladrón; éste ya se habÃa ido para la sierra de Córdoba, y ¡cuándo lo pescaban siendo, como era, un muchacho tan diantre! Era mozo muy gaucho y alentado.
—¿Y, te acuerdas todavÃa de Petrona, Macario?
—¡Ay!, mi Coronel, si las mujeres cuanto más malas son, más tardamos en olvidarlas.
—¿Y nunca hubo nada con ella?
—Mi Coronel, usted sabe lo que son esas cosas de amor, cuando uno menos piensa…
—La ocasión hace al ladrón —dijo Juan DÃaz, uno de mis baqueanos, muy ocurrente.
En esos momentos el bosque se abrÃa formando un hermoso descampado; la nÃtida y blanca luna se levantaba, y las estrellas centelleaban trémulamente en la azulada esfera.