Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Detuve mi caballo, que no obedecÃa como un rato antes a la espuela, y dirigiéndome a los franciscanos, que no se separaban de mÃ, les consulté si tenÃan ganas de descansar un rato.
—Con mucho gusto, contestaron. Los buenos misioneros iban molidos; nada fatiga tanto como una marcha de trasnochada.
El pasto estaba lindÃsimo, la noche templada, pararnos no les harÃa sino bien a los animales.
Pasé la voz dé que descansarÃamos una hora.
Se manearon las madrinas de las tropillas, cesó el ruido de los cencerros, único que interrumpÃa el silencio sepulcral de aquellas soledades, y nos echamos sobre la blanda hierba.
Yo coloqué mi cabeza en una pequeña eminencia, poniendo encima un poncho doblado a guisa de almohada, y me dormà profundamente.
Tuve un sueño y una visión envuelta en estas estrofas de Manzoni, a manera de guirnalda o de aureola luminosa:
Tutto et provó; la gloria
Maggior dogo il periglio,
La fuga, e la vittoria,
La reggia, e il triste esiglio.
Due volte nella polvere.
Due volte sugli altar.