Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles En efecto, un nubarrón pardusco eclipsaba totalmente la luna menguante y las estrellas apenas despedÃan su vacilante luz por entre la tenue bruma que se levantaba en toda la redondez del horizonte.
HabÃamos llegado a otro gran descampado, cuyos lÃmites no se columbraban por la obscuridad.
Ordené que cortaran paja.
Rápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron.
En un verbo tuvimos hermosas antorchas, y buscando al resplandor de ellas el camino que debÃamos seguir, no tardamos en hallarlo.
Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán.
—Han pasado no hace mucho rato —afirmaron los rastreadores, y van con los caballos aplastados y solo con el montado.
—Angelito va en el picazo —dijo uno.
—Che, y el cabo Guzmán —agregó otro— en el moro clinudo.
Tomamos el camino.
DebÃamos estar a una legua. Los primeros toldos no se veÃan por la lobreguez de la noche.
Llegamos… Era un charco de agua entre dos medanitos. Campamos… Mandé asegurar bien las tropillas y me acosté, no exclamando como el poeta:
Whithout a hope in life.