Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —En un pedazo de gaceta en que me envolvieron dÃas pasados una libra de azúcar que me vendió don Pedro en el fuerte Sarmiento. Allà le leÃmos en la cuadra del 7 de caballerÃa; el amigo Carmen se ha de acordar.
Y Carmen, otro de mis asistentes, dio testimonio del hecho, corrigiendo solamente algunos detalles.
A lo cual Calixto observó:
—Bueno, yo me habré olvidado de algo, pero lo más es verdad, es verdad.
—¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman todas las maravillas para un cordobés?
—De eso no me acuerdo bien.
—Padre Marcos, cuando lleguemos a Leubucó, confiéseme ese mentiroso.
—Con mucho gusto —contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento y amable en su trato.
Y cuando aquà llegábamos, una voz gritó:
—¡Acá va el camino!
Me detuve, y conmigo todos los que me seguÃan de cerca; los demás fueron llegando uno tras otro.
—Debemos estar por llegar —dijo Mora—; voy a ver, mi Coronel.
Esperé un rato.
Volvió diciendo que estaba muy obscuro, que no podÃa reconocer la rastrillada más traqueada, que era la que debÃamos tomar.